Los Trastornos del Espectro Autista (TEA), son trastornos del neurodesarrollo que se caracterizan por las deficiencias persistentes en la comunicación social e interacción en diversos contextos, y los patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades (DSM-5, APA 2013). Los niños con TEA presentan una serie de características implícitas: la primera es el déficit en la interacción social, por el cual los niños muestran escaso interés por sus iguales o dificultades para relacionarse de forma adecuada, evidencian un rango limitado de expresiones faciales, presentan poco o inusual contacto visual y son menos dados a compartir emociones con otros. Si el interés social se desarrolla posteriormente, el problema persiste en reciprocidad social y capacidad de empatía. La segunda característica sugiere una comunicación restringida, esto es, que algunos de los niños con TEA presentan retrasos en el lenguaje que limitan sus interacciones con el entorno. La tercera característica se refiere a los comportamientos e intereses estereotipados, que incluyen intereses inusuales y circunscritos, preferencia por objetos poco comunes y adhesión a rituales no funcionales. Sus movimientos son estereotipados, frecuentemente reaccionan sensiblemente ante sensaciones como el tacto, el olor o el sonido, presentan dificultad para adaptarse a los cambios en el ambiente y muestran comportamientos y juegos repetitivos. Todos estos síntomas causan un deterioro clínicamente significativo en todas las áreas importantes del funcionamiento habitual de la persona. Dentro del TEA existen diferentes niveles de afectación, los cuales se basan en los déficits de la comunicación social y en los patrones de comportamiento restringidos y repetitivos. Entre los grados de dificultad es posible distinguir tres: grado 1 (“necesita ayuda”), grado 2 (“necesita ayuda notable”) y grado 3 (“necesita ayuda muy notable).

El DSM-IV-TR incluía el trastorno autista, el síndrome de Asperger y el trastorno generalizado del desarrollo no especificado dentro de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD). En 2013 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) publicó el DSM-5, la nueva versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Tras un largo proceso de discusión y análisis, la organización del manual ha sufrido importantes cambios, como, por ejemplo, la eliminación de la clasificación por ejes. En cuanto al TEA, desaparecen los diferentes subtipos de TGD, y se plantea un único trastorno que pasa a denominarse Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), enfatizando la amplia variedad de características que pueden acompañar el trastorno. Del mismo modo, en el DSM-5 se modifican los criterios diagnósticos del TEA. Por un lado, las dimensiones referidas a las alteraciones en la interacción social recíproca y la comunicación y el lenguaje se fusionan en una única categoría y se reorganizan las áreas de alteración que recogen los síntomas concretos. Por otro lado, en el repertorio restringido de conductas e intereses destaca la incorporación de las alteraciones sensoriales como área de alteración. Además, buscando conseguir unos criterios diagnósticos más específicos, se aumenta el número de áreas alteradas para considerar que una persona presenta el trastorno. Así pues, para que una persona tenga TEA tiene que tener alteraciones en las tres áreas que se incluyen dentro de los déficits en la interacción y comunicación social (reciprocidad socioemocional, comunicación no verbal y desarrollo, mantenimiento y comprensión de relaciones), así como dos de las cuatro áreas alteradas en el repertorio restringido de conductas e intereses (conductas repetitivas, insistencia en la invarianza, intereses restringidos o alteraciones sensoriales).

Fisher y Happé (2005) plantean que los déficits en TEA se deben principalmente a alteraciones del lóbulo frontal, las cuales están relacionadas específicamente con las funciones ejecutivas, las cuales se conceptualizan como un sistema interrelacionado de procesos cognitivos de orden superior, que permiten un comportamiento intencional y dirigido hacia objetivos en circunstancias nuevas o complejas. La teoría de la disfunción ejecutiva de Hill, apoyada por varios estudios iniciales (Damasio y Maurer, 1978; Dawson, Meltzoff, Osterling y Rinaldi, 1998; Osterling y Dawson, 1994; Salmond, De Haan, Friston, Gadian y Vargha-Khadem, 2003), explica los déficits en el inicio de nuevas acciones no rutinarias y vincula la repetición de comportamiento y la perseverancia a la disfunción del lóbulo frontal en el TEA. Así pues, los déficits en las funciones ejecutivas están presentes en una edad temprana y contribuyen a reducir el funcionamiento adaptativo de la persona. Las funciones ejecutivas incluyen la memoria de trabajo, el razonamiento, la planificación, la flexibilidad cognitiva y la inhibición de la respuesta, siendo estos tres últimos las disfunciones ejecutivas relativamente más comunes encontradas en personas con TEA. Asimismo, otras de las alteraciones de lóbulo frontal que están presentas en los niños con TEA son la ausencia de empatía, la falta de espontaneidad, la pobre afectividad, las fuertes reacciones emocionales, la conducta estereotipada, las perseveraciones, los intereses restringidos, la creatividad limitada, las dificultades en la focalización de la atención, la poca habilidad para organizar sus actividades futuras y la dificultad en la planificación visoespacial.

Uno de los rasgos máss característicos e interfirientes en el día a día de la persona con TEA es la inflexibilidad cognitiva, representada por la insistencia en la monotonía, excesiva inflexibilidad de rutinas y patrones ritualizados de comportamiento verbal o no verbal, la tendencia a la fijación en determinados objetos o temas, o las dificultades para buscar estrategias alternativas en la resolución de problemas. La flexibilidad implica la transición de un pensamiento o acción a otro diferente, el cambio exitoso de una tarea a otra y el uso flexible de la resolución de problemas en una variedad de contextos. El deterioro de la flexibilidad es mayor entre los individuos con TEA en comparación con los normotípicos y con el que presentan otros tipos de trastornos, como el TDAH. La inflexibilidad conlleva a problemas de conducta y desregulación emocional, ya que la alteración cambiante se asocia con cogniciones inflexibles, como el pensamiento de todo o nada o las creencias perfeccionistas, compatibles con los patrones cognitivos desadaptativos presentes en la ansiedad y la depresión. Entre los problemas de conducta, asociados como consecuencias, más frecuentemente observados en los niños con TEA se incluyen las conductas que amenazan la seguridad propia, como autolesiones (golpearse la cabeza, morderse o arañarse), escapismo (huir sin considerar el peligro) o negativas a comer o a dormir; conductas agresivas verbales o físicas que amenazan la seguridad de miembros de la familia u otras personas fuera del círculo más cercano o destrucción física de bienes materiales; negativas persistentes a las peticiones de los adultos, desde desobediencia hasta extremos máximos de incomunicación, como es el mutismo selectivo o la catatonia; ruptura de normas o leyes sociales; y alteraciones emocionales negativas con extrema irritabilidad ansiedad o descontrol emocional, a veces desencadenado por una emocionalidad extrema positiva que genera excitabilidad.

Carmen Hernández

Psicóloga y Logopeda. Equipo Psicoaula.

 


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